Desde el principio, Donald Trump se propuso algo y lo logró: este en la mente de todos. No nada más quería ser conocido como un empresario especulador y polémico, su meta fue posicionarse en el top of mind del electorado norteamericano.
Sus declaraciones que, aparentemente, eran poco afortunadas, discriminatorias, agresivas y hasta irracionales, le permitieron lograr su objetivo. Contra todo pronóstico, venció en la carrera a quien se le puso enfrente y ahora es uno de los dos aspirantes a gobernar el que se denomina el país más poderoso del mundo.
Polémico también es que Trump ha cambiado más veces de jefe de campaña que ningún otro candidato a cualquier cargo. Lo cierto es que este empresario es su propio jefe de campaña.
Con sus nuevas declaraciones respecto a las ventajas para EU de la presencia de afroamericanos e hispanos, confirma que es un camaleón y según se armen las tendencias del mercado, él irá adaptándose para lograr la mayor rentabilidad posible.
Obviamente, para llegar al cambio de discurso tuvo que tocar sótano al ubicarse en algunas encuestas 12 puntos abajo de su rival, Hillary Clinton, además de que todas las mediciones de opinión le dan como perdedor. Ya lo entendió y cambió su estrategia para lograr el mayor negocio de su vida: ser presidente.
Otro punto a considerar en la mercadotecnia estilo Trump es el hecho de que, según los datos disponibles, no ha invertido cifras millonarias en su campaña de varios meses, en contraste a la señora Clinton.
En términos de resultados: ¿quién es el mejor candidato?
Aclaró: ser el mejor candidato (como ya lo hemos visto y tenido que soportar en México muchas veces) no quiere decir que tenga el perfil para mejor gobernante.
La campaña electoral es finalmente una campaña promocional. Una vez que terminen, los consumidores deberán quedarse con su producto, les satisfaga o no.
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