Antonio Jiménez Gómez
Apenas han pasado unas horas de lo que se configura como una de las jornadas terroristas más fatales y crueles, después de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York.
En francia se decretó ya un Estado de Emergencia, se cerraron las fronteras. Priva el caos, la confusión, pero sobre todo el terror.
"Alá es el más grande" fue la consigna que detonó por lo menos siete ataque simultáneos en populosas zonas de la capital francesa, considerada tradicionalmente como la "capital del amor".
El golpe fue directo, en el corazón de Europa. Es el segundo en esa ciudad; antes, fue el ataque a las instalaciones de la revista Charlie Hebdo.
Al momento de que se escriben estas líneas, el dilema es el número de víctimas mortales: más de 30 o más de 100.
El terror se generalizó, impactó más en el mundo occidental con el uso de las redes sociales. Prácticamente en tiempo real, estando al otro lado del mundo, se podía compartir, sufrir el terror de los parisinos.
La meta de los promotores de los ataques se cumplió y se potencializó. No solo París perdió algo de lo más preciado por una sociedad: su confianza, su tranquilidad, su seguridad. Fue el mundo completo.
II
Pero de repente, en medio de la crisis internacional, se regresa al producto local. Acapulco es la ciudad más violenta del país. Mientras que en ataques terroristas mueren decenas en País, en Acapulco las ejecuciones, las balaceras, los macabros hallazgos son ya cosa del día a día.
Mientras el mundo se aterroriza por la sangre gala, los ríos de fluido hemático siguen bañando las tierras acapulqueñas, chilapeñas, en uno y otro municipio. En un fin de semana, se pueden tener más ejecutados que muertos en un ataque terrorista, pero la violencia nuestra ya se asimiló, ya se vive con ella, ya no escandaliza más allá de lo cotidiano.
Y eso es tal vez lo más preocupante.
Apenas han pasado unas horas de lo que se configura como una de las jornadas terroristas más fatales y crueles, después de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York.
En francia se decretó ya un Estado de Emergencia, se cerraron las fronteras. Priva el caos, la confusión, pero sobre todo el terror.
"Alá es el más grande" fue la consigna que detonó por lo menos siete ataque simultáneos en populosas zonas de la capital francesa, considerada tradicionalmente como la "capital del amor".
El golpe fue directo, en el corazón de Europa. Es el segundo en esa ciudad; antes, fue el ataque a las instalaciones de la revista Charlie Hebdo.
Al momento de que se escriben estas líneas, el dilema es el número de víctimas mortales: más de 30 o más de 100.
El terror se generalizó, impactó más en el mundo occidental con el uso de las redes sociales. Prácticamente en tiempo real, estando al otro lado del mundo, se podía compartir, sufrir el terror de los parisinos.
La meta de los promotores de los ataques se cumplió y se potencializó. No solo París perdió algo de lo más preciado por una sociedad: su confianza, su tranquilidad, su seguridad. Fue el mundo completo.
II
Pero de repente, en medio de la crisis internacional, se regresa al producto local. Acapulco es la ciudad más violenta del país. Mientras que en ataques terroristas mueren decenas en País, en Acapulco las ejecuciones, las balaceras, los macabros hallazgos son ya cosa del día a día.
Mientras el mundo se aterroriza por la sangre gala, los ríos de fluido hemático siguen bañando las tierras acapulqueñas, chilapeñas, en uno y otro municipio. En un fin de semana, se pueden tener más ejecutados que muertos en un ataque terrorista, pero la violencia nuestra ya se asimiló, ya se vive con ella, ya no escandaliza más allá de lo cotidiano.
Y eso es tal vez lo más preocupante.