La competitividad urbana en Guerrero

Antonio Jiménez Gómez

La regla es: quien trabaja, produce; si se produce con metas y capacidad, se compite; si se compite se gana; si se gana, se vive bien; si se vive bien, hay desarrollo.

Pero en Guerrero es todo lo contrario. Más allá de un campo marginado y afectado por la sequía y un sector turístico cada vez más dependiente del turismo de fines de semana largos, no hay producción.

Mucho menos hay metas ni capacitación y profesionalización, diversificación productiva o política real para el desarrollo económico. Solo subsidios y programas que han hecho de la pobreza un jugoso negocio que va en contra, precisamente, de la productividad y la competitividad.

Y todo lo anterior incide en que Guerrero no solo es la entidad menos competitiva del país, menos productiva, no genera nada más que ingresos por turismo y autoconsumo en el campo. Y eso sí, una gran burocracia que si llega a parar dos semanas, simplemente ni se nota.

Y en México, quien no trabaja, no produce y no genera nada, es un pobre. Y a los pobres, por política pública, los mantiene el gobierno. Y coincide con la realidad macro: a Guerrero lo mantiene el gobierno federal; no por nada, de cada peso que se gasta en Guerrero, 96 centavos son federales y solo 4 centavos los genera la entidad.

Pero, aunque usted no lo crea, y contrario a lo que debería ser, Guerrero se vuelve menos productivo.

Razones: muchas. La inseguridad, la falta de apoyos, la entrada de trasnacionales, las universidades que no producen profesionistas para el desarrollo, el mal gobierno que prefiere defender a los más parásitos en lugar de apoyar a los que generan empleos.

En días pasados se dio a conocer el Índice de Competitividad de las ciudades del país. Y destacan dos hechos. Chilpancingo sigue siendo y con mucho la capital del país menos competitiva. Y dos. Acapulco cayó más de diez peldaños en ese índice, lo que es revelador.

Hasta 2014, el Índice de Competitividad se aplicaba para medir a 66 ciudades del país, en diversos temas como legalidad, inversión y otros.

Acapulco se había mantenido en el lugar 54, mientras Chilpancingo en el 64 prácticamente desde que se inició esa medición, realizada por especialistas de más de una decena de universidades, centros de investigación y organizaciones no gubernamentales.
Para 2015, Chilpancingo se ubicó nuevamente en el lugar 64 pero Acapulco se fue hasta el lugar 74.

Para 2015, también se inició con la medición de la categoría de Desempeño Ambiental.
Y ahí destaca el hecho de que Chilpancingo se ubicó como ciudad en el número 24 en el ranqueo nacional.

Estos indicadores son uno de los muchos parámetros que deberían tomar en cuenta las nuevas autoridades, tanto estatales como municipales, para determinar el éxito o no de las políticas que implementen para impulsar el desarrollo local.

Se reitera. Si hay producción hay desarrollo, y ello implica mejor nivel de los habitantes de las ciudades, y esa dinámica incide en las comunidades aledañas, generando una dinámica regional positiva.

Lo más cómodo, y así lo han demostrado muchos en Guerrero. Es sentarse a administrar las carencias y las dependencias, y esperar a que el gobierno federal mande los presupuestos necesarios para que algo se pueda hacer.

La falta de planeación, de visión y de equipos de trabajo capaces le han costado mucho más años de atraso a Guerrero que los que ya venía arrastrando hace 20 años.

Estando ya en el siglo 21, lo menos que esperaría la votación, los empresarios que trabajan formalmente y pagan sus impuestos, es que ahora sí haya gobiernos que generen condiciones de legalidad y certidumbre que permitan que las empresas sobrevivan más de tres meses.

Lo menos que se podría esperar es que, ahora sí, los gobiernos que entran se molesten en poner a trabajar a sus mandos directivos para generar estrategias, programas y planes que estimulen la capacidad productiva de las ciudades y se cuente con mayores y mejores opciones de trabajo que las de aspirar y conformarse con ser un empleado de gobierno.

¿Es mucho pedir?